Haciendo de Sherlock

En la serie House, aquel médico borde pero brillante tenía una frase de cabecera que repetía en todos los capítulos: "Todo el mundo miente". Pues bien, os aseguro que si el doctor House hubiera montado un taller de informática en lugar de meterse a medicina, habría durado dos telediarios antes de tirarse de los pelos.

A día de hoy, después de más de veinte años viendo entrar equipos por la puerta, todavía me sigue sorprendiendo la capacidad que tienen algunos clientes para no decirte la verdad. Y no hablo de ocultar un crimen de Estado; hablo de explicarte qué leches le ha pasado a su propio ordenador para que tú puedas arreglárselo.

Total, que te dejan el portátil o la torre en el mostrador y el diálogo empieza siempre con el clásico e insuperable:

— "No sé qué le pasa. Ayer iba perfectamente, hoy le he dado al botón y ya está así. Yo NO he tocado nada".

El famoso "yonotocónada". Esa criatura mitológica que habita en todas las casas y oficinas. Según ellos, los ordenadores sufren combustión espontánea, las pantallas se rajan por cambios bruscos de presión atmosférica y los virus entran porque había corriente al abrir la ventana.

Y ahí es cuando te toca quitarte la bata de técnico, calarte la gorra de cuadros, coger la lupa y empezar un tercer grado casi militar para sacarles la información con sacacorchos.

El caso del líquido invisible Te traen un portátil muerto. No hace ni mención de encender. Les preguntas si se ha caído o si le ha caído algo encima. "¡Qué va, qué va! Siempre está en el escritorio, supercuidado". Lo metes al taller, quitas los tornillos de la tapa inferior, la levantas y aquello huele a cafetería de polígono industrial a las ocho de la mañana, o tiene un charco pegajoso de refresco de cola que ha sulfatado media placa base. Llamas al cliente: "Oye, que esto tiene medio litro de café con leche dentro". Silencio al otro lado de la línea. "Ah... bueno... es que el martes mi niño le dio un golpe a la taza, pero como cayó por fuera y lo sequé rápido con una servilleta, pensé que no tenía nada que ver". Claro que sí, hombre. La humedad y la electrónica, grandes amigas desde tiempos inmemoriales.

El misterio del programa fantasma Ordenador que tarda media hora en arrancar y te salta publicidad de casinos rusos hasta cuando abres la calculadora. — "¿Habéis instalado algo raro o habéis descargado algún programa estos días?". — "Nada, te lo juro. Solo lo uso para el correo y para mirar el periódico". Te pones a revisar el historial de descargas y la carpeta de Temp y aquello parece el camarote de los hermanos Marx: cuatro barras de herramientas, tres falsos antivirus, un activador pirata descargado de una web de dudosa reputación a las tres de la madrugada y un supuesto acelerador de memoria RAM. Todo instalado por el Espíritu Santo, por supuesto.

El golpe que "ya estaba ahí" Equipo que no da imagen o cuyo disco duro mecánico suena como una maraca. Tiene una esquina del chasis hundida que parece que ha frenado un autobús con ella. — "Oye, ¿este golpe tan feo de la esquina?". — "¡Uy, no, eso lleva así tres años! No se ha caído ni nada, se apagó solo estando encima de la mesa". Analizas los sectores del disco o desmontas la bisagra y ves los plásticos recién partidos, limpios de polvo, del tortazo que se ha pegado esa misma mañana contra el suelo del salón.

De verdad que no lo entiendo. ¿Es por vergüenza? ¿Tienen miedo de que les regañe como si fuera su padre? ¿Piensan que si me dicen "oye, que se me ha escurrido de las manos" o "intenté bajarme el Office gratis y la he liado" les voy a cobrar el doble por pecadores?



Lo que no entienden es que engañar al técnico es tirarse piedras contra su propio tejado. Si tú vienes y me dices de primeras: "Mira, se me ha caído medio vaso de agua por el teclado hace una hora", yo no pierdo el tiempo comprobando el cargador ni la memoria; abro el equipo corriendo, desconecto la batería y limpio la placa antes de que la corrosión se la coma viva. Y a ti te cuesta la mitad de dinero y te quedas con tu ordenador vivo.

Si me mientes, me obligas a jugar a los detectives. Tengo que invertir el doble de tiempo en descartar fallos absurdos hasta llegar a la escena del crimen, y encima, cuando te llame para decirte lo que he encontrado con las pruebas en la mano, vas a pasar el doble de vergüenza.

Así que, por favor, menos misterio. Que nosotros no juzgamos a nadie: estamos aquí para arreglar el estropicio, no para pasaros el polígrafo.

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