El enemigo en casa (o cómo vender perdiendo dinero)
Llevo ya unos cuantos años en esto, los suficientes como para acordarme de cuando el canal de distribución tenía un orden lógico. El fabricante fabricaba, el mayorista movía volumen a las tiendas, y estas, daban la cara con el cliente final. Cada uno tenía su trozo del pastel, su margen, y aquí paz y después gloria. Pero de mucho tiempo a esta parte, la cosa se ha convertido en un chiste de mal gusto. Y de los que no hacen ninguna gracia. Sirva esto de introducción para lo que nos pasa prácticamente a diario en la tienda. Te entra un cliente —o te escribe por WhatsApp, para mi desgracia— pidiéndote presupuesto para un portátil, un monitor o un disco SSD. Nada del otro mundo. Entras en la web de tu mayorista de confianza (ese que te exige un volumen mínimo anual, que te cobra portes si no llegas a cierta cifra y que te fríe a correos con "ofertas exclusivas para el canal"), buscas la referencia y haces tus números. Coges el precio de coste, le sumas el IVA, el canon digital de...